Este es un espacio dedicado al autoconocimiento y al desarrollo personal, donde se tocarán diversos temas relacionados con la naturaleza humana, la forma en que funcionamos y nos relacionamos.
viernes, 27 de enero de 2012
domingo, 15 de enero de 2012
El cerebro no(s) engaña
El cerebro no(s) engaña
Cuando adivinamos formas en las nubes no es por un fallo de nuestro cerebro, sino la mejor respuesta ante estímulos difusos: nuestra mente completa la información, a veces incompleta, que recibimos a través de los sentidos.
Luis Muiño Psicoterapeuta
Corre el año de gracia de 1662. Estamos en Chillington, un pueblo del sudoeste de Gran Bretaña. Es verano, está atardeciendo y el cielo está despejado. Las pocas nubes que se pueden ver son como islas en medio del azul del cielo. En un momento dado, sin embargo, se empiezan a juntar y alguien cree entrever en la figura que componen una forma extraña: un gigante con una vara en su mano. Poco a poco, más habitantes del pueblo se van uniendo a la primera persona que vio la extraña forma. Lo que surge en el cielo les resulta cada vez más inquietante: aparece otro gigante, esta vez a caballo. Se juntan más observadores, que ven que este último lleva una espada en la mano y anuncia el inicio de una profusión de apariciones. Al final, asombrados, los habitantes de Chillington llegan a un acuerdo sobre sus visiones: el cielo se está llenando de figuras de jinetes enormes, descomunales, que libran en el cielo una titánica batalla.
Algo más de trescientos años después, la sonda Viking sobrevoló ese mismo cielo en el que habían aparecido los gigantes bélicos. La diferencia se fotografiaba rutinariamente una zona llamada Cidonia, en Marte, cuando, de repente, una de las imágenes plasmó algo que de ninguna manera debería estar allí. Se trataba de un gran rostro de piedra de un kilómetro de ancho que miraba hacia el cielo sin pestañear. Parecía una cara con el ceño fruncido. Hubo quién dijo, incluso, que tenía el tipo de facciones de la Grecia clásica. Lo más inquietante era que, por el número de cráteres de impacto se podía calcular que el tipo de roca en la que estaría modelado aquel gigantesco semblante pertenecía a una meseta de cientos de millones de años de antigüedad. Inmediatamente, miles de personas en el planeta tierra empezaron a evocar a los Antiguos, inteligencias míticas anteriores a los seres humanos de larga proyección en la imaginación popular, desde la mitología egipcia hasta la saga de Stargate, pasando por las novelas de Lovecraft. Hasta que, años después, esa misma zona de Marte volvió a ser fotografiada y se comprobó que todo había sido un efecto óptico. Pero el engaño persistió. De hecho, muchas personas siguen creyendo en la realidad del rostro marciano.
Estos dos fenómenos, de épocas y realidades completamente diferentes, son un ejemplo de la supuesta imperfección de nuestro cerebro a la hora de procesar la información que nos llega a través de los sentidos. Las nubes y las fotografías son dos ejemplos de estímulos ambiguos, con los que el cerebro tiene que hacer un trabajo extra porque recibe datos que puede interpretar de muchas formas distintas. Todos hemos jugado alguna vez a ver formas en el cielo y muchos han hecho lo mismo con las fotos cuando no encuadran claramente algo –Blow-up, la película de Antonioni basada en un relato de Cortázar, utiliza esta idea–. Los estímulos indefinidos pueden ser interpretados de forma errónea y, una vez que han sido procesados así, es difícil que volvamos a ver lo que realmente hay. ¿A qué se deben estos fenómenos cognitivos?
Durante mucho tiempo, este tipo de anormalidades se vieron como errores del funcionamiento cerebral. La neurología o la psicología trataron de averiguar qué había fallado en el procesamiento de la información de esas personas que veían o escuchaban cosas que no existían. Pero las investigaciones que utilizaban ese enfoque no daban resultados claros: si estudiamos, por ejemplo, a un grupo que ha sufrido una alucinación colectiva no encontramos nada diferente en su forma de percibir la realidad. Son individuos normales que, en determinados momentos, han percibido algo inexistente. De hecho, en ciertas circunstancias, todos podemos ser víctimas de este tipo de quimeras. Prueba de ello es que una gran cantidad de personas —perfectamente sanas— han atisbado de niños, entre las sombras de la noche, el saco de Papá Noel o alguna corona de un Rey Mago. Algunos, incluso, los han oído escalar hasta la ventana o han sentido el olor de renos y camellos.
El fracaso de la teoría del fallo mental ha llevado a la investigación actual a entender estos sucesos desde otro planteamiento ¿Y si, en realidad, nuestro cerebro funcionara bien y esos casos fueran subproductos de estrategias que en general resultan adaptativas? Desde ese nuevo enfoque, nuestra mente utiliza algoritmos para procesar la realidad que son los que más nos convienen. Esas estrategias no alcanzan la verdad en todos los casos, pero es que no están diseñadas para ello. La misión del cerebro es adaptarse al medio, no recopilar todos los datos con precisión. Esta nueva forma de ver el asunto está dando frutos. Se ha averiguado, por ejemplo, que poseemos un primer filtro cerebral de la realidad que selecciona los objetos importantes. El psicólogo David Parrett, por ejemplo, descubrió que existe un mecanismo detector para los acontecimientos biológicamente significativos en los primates. Funciona como una especie de enciclopedia visual distribuida como células que discriminan los estímulos que llegan al cerebro y responden únicamente a los importantes para la supervivencia. Por ejemplo, tenemos en nuestro cerebro áreas especializadas en encontrar formas amenazadoras (como las armas que portaban los gigantes del cielo de Chillington) o rasgos faciales (que probablemente se activaron en el caso del rostro marciano). De alguna manera, la detección rápida de estos estímulos importantes para la supervivencia es un buen síntoma: nuestras señales de alarma funcionan.
Eso explicaría, también, por qué los fenómenos de la cara de Marte no engañan a los expertos. Los ingenieros que visualizan fotografías llevan años entrenándose para desactivar ese mecanismo de activación de alarma. Donde un profano ve una nariz, una boca o una oreja, el experto no ve nada y sigue adelante procesando imágenes. Lo natural, la carta ganadora en la supervivencia, es que la mayoría de los humanos identifiquemos como señal cualquier estímulo que parezca significativo y que solo unos cuantos –una minoría especializada– descarten ese tipo de dato como ruido. Nuestra mente posee, además, otro mecanismo adaptativo que, sin embargo, parece conducir a errores puntuales de interpretación poco importantes para la supervivencia. Se trata de nuestra tendencia al cierre, a completar la información que nos dan nuestros sentidos para componer una estructura global.
Científicos como Christopher French, psicólogo de la Universidad de Londres, estudian exhaustivamente en la actualidad los mecanismos de la pareidolia, la ilusión que hace que percibamos un estímulo sin sentido o ambiguo como algo definido. A veces, inventamos coherencia en donde solo hay arbitrariedad, pero desde el punto de vista de la selección natural eso no es un problema para nuestra especie. Ver un smilodon, un dientes de sable, donde solo había ramas mecidas por el viento no era un problema para la supervivencia. El desastre vital hubiera sido que nuestra especie tendiera a percatarse únicamente de la presencia de depredadores cuando viéramos la figura entera.
Una investigación reciente de la Universidad de Vrije, de Holanda, abordaba esta tendencia a completar la figura desde la óptica. Los científicos llegaban a la conclusión de que los esquemas previos almacenados en el cerebro hacen que interpretemos los datos acerca de la luz de una u otra manera. Muchos de los fenómenos que parecen errores de nuestra mente (la visión de fantasmas, por ejemplo) parecen claramente relacionados con cuestiones lumínicas –psicólogos como Richard Wiseman han hecho notar que las visiones espectrales se suelen dar en horas y lugares claroscuros–. El estudio de la Universidad de Vrije va en esa dirección: los ojos y el cerebro colaboran para interpretar lo que vemos diariamente. En el tema de la luz, por ejemplo, estos experimentos han podido demostrar que suponemos cuál es la reflectancia (cantidad de luz reflejada por la superficie) de los objetos y así, viendo sus sombras, componemos toda la figura. Sin este tipo de ideas previas, como aclaran estos científicos, sería imposible determinar la gran mayoría de estímulos visuales. Y, de hecho, en ambientes familiares que tienen la iluminación habitual estos trucos no fallan nunca.
Por culpa de esa tendencia, los seres humanos vemos rostros de divinidades en las tostadas o criaturas míticas entre las ramas de los árboles, pero no importa: a cambio nos adaptamos estupendamente a un mundo en el que sólo entrevemos la mayoría de los estímulos. Es cierto que, a veces, confundimos el ruido del viento con psicofonías, pero ¿qué importa eso si somos capaces de entender a lo largo de nuestra vida millones de conversaciones que sólo hemos escuchado a medias? Relacionado con estas necesidades adaptativas de detectar los peligros encontramos otro de los mecanismos que parecen jugarnos malas pasadas puntuales pero que, en realidad, nos han venido muy bien. Se trata de la asimetría de los sentimientos.
Interpretamos los estímulos que percibimos de una manera emocional: nos entristecen, nos alegran, nos dan miedo… Pero esa forma de sentir el mundo no es neutra: las emociones perviven en el ser humano gracias, fundamentalmente, a su valor de señal de alarma. Sirven para alertar a los demás y a nosotros mismos de que algo nos sucede. Si el cambio es positivo, no parece necesaria nuestra ayuda. Pero si es negativo, debemos poner en marcha los mecanismos de alerta. A esto es lo que el psicólogo Nico Frijda, de la Universidad de Amsterdam denomina “ley de la asimetría de los sentimientos”: las emociones negativas son más intensas porque son las que nos impelen a actuar. Esa falta de equilibrio produce también fenómenos que parecen fallos de nuestra psique. Por ejemplo, a veces nos sentimos mal a pesar de que los acontecimientos objetivos parecen favorecernos: nos va bien en el trabajo y en la vida privada, pero estamos melancólicos. Y siempre hay una razón en este malestar: esperábamos que nos fuera mejor. Nuestras expectativas eran más altas (echamos de menos a alguien que no está, nos planteamos que podríamos haber vivido de otra manera) y la distancia entre lo real y lo imaginado nos entristece.
Vista desde fuera, una persona que padece este fenómeno está siendo víctima de un fallo mental, porque está triste cuando objetivamente no debería estarlo. Pero sin embargo, la idea de funcionar por comparación (con los demás, con lo que teníamos antes o con lo que creemos que podríamos haber conseguido) es útil desde el punto de vista adaptativo: los sentimientos no están hechos para conformarse. La persona que vive ese desasosiego interior que no parece tener una base real no se está engañando, sino que, por el contrario, está haciendo germinar un anhelo interior que le llevará a seguir luchando. Porque, incluso cuando somos felices, debemos estar preparados para el cambio: como recordaba continuamente Don Fabrizio en El Gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Analizados individualmente, parece claro que estos mecanismos cerebrales tienen sentido adaptativo, pero ¿qué ocurre cuando estas estrategias no impiden que los demás nos engañen? ¿No es un fallo de nuestro cerebro ser tan maleable y tan sensible a la influencia ajena? Según la moderna investigación, tampoco esto es un defecto de nuestra mente. Aunque, evidentemente, nuestra permeabilidad causa a veces equívocos un tanto chabacanos.
Para buscar un ejemplo volvamos otra vez a mirar al cielo. Kenneth Arnold se ha hecho famoso, en parte, gracias a lo que avistó el 24 de junio de 1947. Pero, sobre todo, es conocido por lo que ha conseguido que vean desde entonces miles de personas. A las dos de la tarde, este hombre de negocios que viajaba sólo en su avioneta privada, observó un fulgor en el cielo. Fijándose más, divisó una formación de nueve objetos de aspecto peculiar. En el informe que redactó después mencionaba aviones con propulsión a chorro. Pero en una de las entrevistas que realizó, Arnold introdujo una metáfora: dijo que los aviones “se movían como si fueran platillos saltando sobre el agua”. Un periodista avispado adivinó las posibilidades del término platillos volantes y, a partir de entonces, ese fue el nombre genérico que se aplicó a los objetos del cielo que no tenemos suficientes datos para identificar. Aunque el protagonista del incidente no dijo jamás que sus aviones se parecieran a platillos –de hecho, siempre defendió que estaban demasiado lejos para saber qué forma tenían–, el término tuvo éxito. Y a partir de los años 50, la inmensa mayoría de las personas que ven cosas extrañas en el cielo deciden que esos aparatos tienen esa forma. La presión social, trasmitida en este caso a través de los medios de comunicación, ha conseguido cambiar la percepción de miles de personas.
La investigación acerca de los supuestos errores que produce esta vulnerabilidad humana a la influencia externa la inició uno de los experimentos clásicos de la historia de la psicología. Lo realizó Solomon Asch, psicólogo de la Universidad de Harvard. Su desarrollo era simple: consistía en mostrarle a una persona dos líneas de diferente tamaño y preguntarle si eran iguales. Cuando la persona respondía individualmente a la pregunta no tenía ningún problema en discernir que una era claramente más grande que la otra. Pero todo era diferente si la persona se encontraba en una fila y los que iban delante de él (cómplices del experimentador) respondían que las líneas eran iguales. Entonces, una gran cantidad de individuos asumían el diagnóstico del grupo y decían que las dos líneas parecían medir lo mismo.
Cuando se les preguntó después a qué había sido debido su error, muchos reconocieron haber respondido mal por vergüenza o desidia, pero sabiendo la respuesta correcta. Pero curiosamente, un grupo considerable de personas dijeron que habían dado la respuesta que creían correcta. Nadie hubiera cometido esa equivocación individualmente, pero la influencia social fue tanta que al final su visión se distorsionó. ¿Y si en realidad fuera muy adaptativo que nuestra percepción se guiara por la influencia de los demás? Aprendemos a detectar el peligro a partir de los avisos ajenos. Y nuevamente, el precio a pagar por utilizar este atajo (confiar en la etiqueta que los demás pongan a la realidad) no parece tan grande. Quizás veamos a los marcianos de color verde (en este caso por un juego de palabras equívoco a partir del caso de la familia Lankford) o pensemos que los cascos vikingos llevaban cuernos. Pero, a cambio, aprendemos, por ejemplo, a saber qué es comestible y qué no a partir de las pautas que nos dan los demás. Y esto último sí que es importante.
En resumen, la principal conclusión que se extrae de estas investigaciones es que el cerebro no nos engaña. Lo que ocurre es que lo valoramos injustamente: sus mecanismos son tan eficaces que nos hemos acostumbrado a dar por hecho su éxito… y sólo pensamos en ellos cuando parecen fallar.
Cuando adivinamos formas en las nubes no es por un fallo de nuestro cerebro, sino la mejor respuesta ante estímulos difusos: nuestra mente completa la información, a veces incompleta, que recibimos a través de los sentidos.
Luis Muiño Psicoterapeuta
Corre el año de gracia de 1662. Estamos en Chillington, un pueblo del sudoeste de Gran Bretaña. Es verano, está atardeciendo y el cielo está despejado. Las pocas nubes que se pueden ver son como islas en medio del azul del cielo. En un momento dado, sin embargo, se empiezan a juntar y alguien cree entrever en la figura que componen una forma extraña: un gigante con una vara en su mano. Poco a poco, más habitantes del pueblo se van uniendo a la primera persona que vio la extraña forma. Lo que surge en el cielo les resulta cada vez más inquietante: aparece otro gigante, esta vez a caballo. Se juntan más observadores, que ven que este último lleva una espada en la mano y anuncia el inicio de una profusión de apariciones. Al final, asombrados, los habitantes de Chillington llegan a un acuerdo sobre sus visiones: el cielo se está llenando de figuras de jinetes enormes, descomunales, que libran en el cielo una titánica batalla.
Algo más de trescientos años después, la sonda Viking sobrevoló ese mismo cielo en el que habían aparecido los gigantes bélicos. La diferencia se fotografiaba rutinariamente una zona llamada Cidonia, en Marte, cuando, de repente, una de las imágenes plasmó algo que de ninguna manera debería estar allí. Se trataba de un gran rostro de piedra de un kilómetro de ancho que miraba hacia el cielo sin pestañear. Parecía una cara con el ceño fruncido. Hubo quién dijo, incluso, que tenía el tipo de facciones de la Grecia clásica. Lo más inquietante era que, por el número de cráteres de impacto se podía calcular que el tipo de roca en la que estaría modelado aquel gigantesco semblante pertenecía a una meseta de cientos de millones de años de antigüedad. Inmediatamente, miles de personas en el planeta tierra empezaron a evocar a los Antiguos, inteligencias míticas anteriores a los seres humanos de larga proyección en la imaginación popular, desde la mitología egipcia hasta la saga de Stargate, pasando por las novelas de Lovecraft. Hasta que, años después, esa misma zona de Marte volvió a ser fotografiada y se comprobó que todo había sido un efecto óptico. Pero el engaño persistió. De hecho, muchas personas siguen creyendo en la realidad del rostro marciano.
Estos dos fenómenos, de épocas y realidades completamente diferentes, son un ejemplo de la supuesta imperfección de nuestro cerebro a la hora de procesar la información que nos llega a través de los sentidos. Las nubes y las fotografías son dos ejemplos de estímulos ambiguos, con los que el cerebro tiene que hacer un trabajo extra porque recibe datos que puede interpretar de muchas formas distintas. Todos hemos jugado alguna vez a ver formas en el cielo y muchos han hecho lo mismo con las fotos cuando no encuadran claramente algo –Blow-up, la película de Antonioni basada en un relato de Cortázar, utiliza esta idea–. Los estímulos indefinidos pueden ser interpretados de forma errónea y, una vez que han sido procesados así, es difícil que volvamos a ver lo que realmente hay. ¿A qué se deben estos fenómenos cognitivos?
Durante mucho tiempo, este tipo de anormalidades se vieron como errores del funcionamiento cerebral. La neurología o la psicología trataron de averiguar qué había fallado en el procesamiento de la información de esas personas que veían o escuchaban cosas que no existían. Pero las investigaciones que utilizaban ese enfoque no daban resultados claros: si estudiamos, por ejemplo, a un grupo que ha sufrido una alucinación colectiva no encontramos nada diferente en su forma de percibir la realidad. Son individuos normales que, en determinados momentos, han percibido algo inexistente. De hecho, en ciertas circunstancias, todos podemos ser víctimas de este tipo de quimeras. Prueba de ello es que una gran cantidad de personas —perfectamente sanas— han atisbado de niños, entre las sombras de la noche, el saco de Papá Noel o alguna corona de un Rey Mago. Algunos, incluso, los han oído escalar hasta la ventana o han sentido el olor de renos y camellos.
El fracaso de la teoría del fallo mental ha llevado a la investigación actual a entender estos sucesos desde otro planteamiento ¿Y si, en realidad, nuestro cerebro funcionara bien y esos casos fueran subproductos de estrategias que en general resultan adaptativas? Desde ese nuevo enfoque, nuestra mente utiliza algoritmos para procesar la realidad que son los que más nos convienen. Esas estrategias no alcanzan la verdad en todos los casos, pero es que no están diseñadas para ello. La misión del cerebro es adaptarse al medio, no recopilar todos los datos con precisión. Esta nueva forma de ver el asunto está dando frutos. Se ha averiguado, por ejemplo, que poseemos un primer filtro cerebral de la realidad que selecciona los objetos importantes. El psicólogo David Parrett, por ejemplo, descubrió que existe un mecanismo detector para los acontecimientos biológicamente significativos en los primates. Funciona como una especie de enciclopedia visual distribuida como células que discriminan los estímulos que llegan al cerebro y responden únicamente a los importantes para la supervivencia. Por ejemplo, tenemos en nuestro cerebro áreas especializadas en encontrar formas amenazadoras (como las armas que portaban los gigantes del cielo de Chillington) o rasgos faciales (que probablemente se activaron en el caso del rostro marciano). De alguna manera, la detección rápida de estos estímulos importantes para la supervivencia es un buen síntoma: nuestras señales de alarma funcionan.
Eso explicaría, también, por qué los fenómenos de la cara de Marte no engañan a los expertos. Los ingenieros que visualizan fotografías llevan años entrenándose para desactivar ese mecanismo de activación de alarma. Donde un profano ve una nariz, una boca o una oreja, el experto no ve nada y sigue adelante procesando imágenes. Lo natural, la carta ganadora en la supervivencia, es que la mayoría de los humanos identifiquemos como señal cualquier estímulo que parezca significativo y que solo unos cuantos –una minoría especializada– descarten ese tipo de dato como ruido. Nuestra mente posee, además, otro mecanismo adaptativo que, sin embargo, parece conducir a errores puntuales de interpretación poco importantes para la supervivencia. Se trata de nuestra tendencia al cierre, a completar la información que nos dan nuestros sentidos para componer una estructura global.
Científicos como Christopher French, psicólogo de la Universidad de Londres, estudian exhaustivamente en la actualidad los mecanismos de la pareidolia, la ilusión que hace que percibamos un estímulo sin sentido o ambiguo como algo definido. A veces, inventamos coherencia en donde solo hay arbitrariedad, pero desde el punto de vista de la selección natural eso no es un problema para nuestra especie. Ver un smilodon, un dientes de sable, donde solo había ramas mecidas por el viento no era un problema para la supervivencia. El desastre vital hubiera sido que nuestra especie tendiera a percatarse únicamente de la presencia de depredadores cuando viéramos la figura entera.
Una investigación reciente de la Universidad de Vrije, de Holanda, abordaba esta tendencia a completar la figura desde la óptica. Los científicos llegaban a la conclusión de que los esquemas previos almacenados en el cerebro hacen que interpretemos los datos acerca de la luz de una u otra manera. Muchos de los fenómenos que parecen errores de nuestra mente (la visión de fantasmas, por ejemplo) parecen claramente relacionados con cuestiones lumínicas –psicólogos como Richard Wiseman han hecho notar que las visiones espectrales se suelen dar en horas y lugares claroscuros–. El estudio de la Universidad de Vrije va en esa dirección: los ojos y el cerebro colaboran para interpretar lo que vemos diariamente. En el tema de la luz, por ejemplo, estos experimentos han podido demostrar que suponemos cuál es la reflectancia (cantidad de luz reflejada por la superficie) de los objetos y así, viendo sus sombras, componemos toda la figura. Sin este tipo de ideas previas, como aclaran estos científicos, sería imposible determinar la gran mayoría de estímulos visuales. Y, de hecho, en ambientes familiares que tienen la iluminación habitual estos trucos no fallan nunca.
Por culpa de esa tendencia, los seres humanos vemos rostros de divinidades en las tostadas o criaturas míticas entre las ramas de los árboles, pero no importa: a cambio nos adaptamos estupendamente a un mundo en el que sólo entrevemos la mayoría de los estímulos. Es cierto que, a veces, confundimos el ruido del viento con psicofonías, pero ¿qué importa eso si somos capaces de entender a lo largo de nuestra vida millones de conversaciones que sólo hemos escuchado a medias? Relacionado con estas necesidades adaptativas de detectar los peligros encontramos otro de los mecanismos que parecen jugarnos malas pasadas puntuales pero que, en realidad, nos han venido muy bien. Se trata de la asimetría de los sentimientos.
Interpretamos los estímulos que percibimos de una manera emocional: nos entristecen, nos alegran, nos dan miedo… Pero esa forma de sentir el mundo no es neutra: las emociones perviven en el ser humano gracias, fundamentalmente, a su valor de señal de alarma. Sirven para alertar a los demás y a nosotros mismos de que algo nos sucede. Si el cambio es positivo, no parece necesaria nuestra ayuda. Pero si es negativo, debemos poner en marcha los mecanismos de alerta. A esto es lo que el psicólogo Nico Frijda, de la Universidad de Amsterdam denomina “ley de la asimetría de los sentimientos”: las emociones negativas son más intensas porque son las que nos impelen a actuar. Esa falta de equilibrio produce también fenómenos que parecen fallos de nuestra psique. Por ejemplo, a veces nos sentimos mal a pesar de que los acontecimientos objetivos parecen favorecernos: nos va bien en el trabajo y en la vida privada, pero estamos melancólicos. Y siempre hay una razón en este malestar: esperábamos que nos fuera mejor. Nuestras expectativas eran más altas (echamos de menos a alguien que no está, nos planteamos que podríamos haber vivido de otra manera) y la distancia entre lo real y lo imaginado nos entristece.
Vista desde fuera, una persona que padece este fenómeno está siendo víctima de un fallo mental, porque está triste cuando objetivamente no debería estarlo. Pero sin embargo, la idea de funcionar por comparación (con los demás, con lo que teníamos antes o con lo que creemos que podríamos haber conseguido) es útil desde el punto de vista adaptativo: los sentimientos no están hechos para conformarse. La persona que vive ese desasosiego interior que no parece tener una base real no se está engañando, sino que, por el contrario, está haciendo germinar un anhelo interior que le llevará a seguir luchando. Porque, incluso cuando somos felices, debemos estar preparados para el cambio: como recordaba continuamente Don Fabrizio en El Gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Analizados individualmente, parece claro que estos mecanismos cerebrales tienen sentido adaptativo, pero ¿qué ocurre cuando estas estrategias no impiden que los demás nos engañen? ¿No es un fallo de nuestro cerebro ser tan maleable y tan sensible a la influencia ajena? Según la moderna investigación, tampoco esto es un defecto de nuestra mente. Aunque, evidentemente, nuestra permeabilidad causa a veces equívocos un tanto chabacanos.
Para buscar un ejemplo volvamos otra vez a mirar al cielo. Kenneth Arnold se ha hecho famoso, en parte, gracias a lo que avistó el 24 de junio de 1947. Pero, sobre todo, es conocido por lo que ha conseguido que vean desde entonces miles de personas. A las dos de la tarde, este hombre de negocios que viajaba sólo en su avioneta privada, observó un fulgor en el cielo. Fijándose más, divisó una formación de nueve objetos de aspecto peculiar. En el informe que redactó después mencionaba aviones con propulsión a chorro. Pero en una de las entrevistas que realizó, Arnold introdujo una metáfora: dijo que los aviones “se movían como si fueran platillos saltando sobre el agua”. Un periodista avispado adivinó las posibilidades del término platillos volantes y, a partir de entonces, ese fue el nombre genérico que se aplicó a los objetos del cielo que no tenemos suficientes datos para identificar. Aunque el protagonista del incidente no dijo jamás que sus aviones se parecieran a platillos –de hecho, siempre defendió que estaban demasiado lejos para saber qué forma tenían–, el término tuvo éxito. Y a partir de los años 50, la inmensa mayoría de las personas que ven cosas extrañas en el cielo deciden que esos aparatos tienen esa forma. La presión social, trasmitida en este caso a través de los medios de comunicación, ha conseguido cambiar la percepción de miles de personas.
La investigación acerca de los supuestos errores que produce esta vulnerabilidad humana a la influencia externa la inició uno de los experimentos clásicos de la historia de la psicología. Lo realizó Solomon Asch, psicólogo de la Universidad de Harvard. Su desarrollo era simple: consistía en mostrarle a una persona dos líneas de diferente tamaño y preguntarle si eran iguales. Cuando la persona respondía individualmente a la pregunta no tenía ningún problema en discernir que una era claramente más grande que la otra. Pero todo era diferente si la persona se encontraba en una fila y los que iban delante de él (cómplices del experimentador) respondían que las líneas eran iguales. Entonces, una gran cantidad de individuos asumían el diagnóstico del grupo y decían que las dos líneas parecían medir lo mismo.
Cuando se les preguntó después a qué había sido debido su error, muchos reconocieron haber respondido mal por vergüenza o desidia, pero sabiendo la respuesta correcta. Pero curiosamente, un grupo considerable de personas dijeron que habían dado la respuesta que creían correcta. Nadie hubiera cometido esa equivocación individualmente, pero la influencia social fue tanta que al final su visión se distorsionó. ¿Y si en realidad fuera muy adaptativo que nuestra percepción se guiara por la influencia de los demás? Aprendemos a detectar el peligro a partir de los avisos ajenos. Y nuevamente, el precio a pagar por utilizar este atajo (confiar en la etiqueta que los demás pongan a la realidad) no parece tan grande. Quizás veamos a los marcianos de color verde (en este caso por un juego de palabras equívoco a partir del caso de la familia Lankford) o pensemos que los cascos vikingos llevaban cuernos. Pero, a cambio, aprendemos, por ejemplo, a saber qué es comestible y qué no a partir de las pautas que nos dan los demás. Y esto último sí que es importante.
En resumen, la principal conclusión que se extrae de estas investigaciones es que el cerebro no nos engaña. Lo que ocurre es que lo valoramos injustamente: sus mecanismos son tan eficaces que nos hemos acostumbrado a dar por hecho su éxito… y sólo pensamos en ellos cuando parecen fallar.
jueves, 22 de diciembre de 2011
jueves, 1 de diciembre de 2011
EL CAMINO DEL HÉROE
EL CAMINO DEL HÉROE
Hay una figura mítica que aparece en todos los pueblos y las culturas del mundo y es la figura del héroe. Los mitos nos explican e ilustran el mundo, mediante la narración de sucesos maravillosos y ejemplares, de los cuales se pueden extraer una sabiduría intrínseca de cada relato y de cada figura arquetípica.
En Camino del Héroe, el héroe no es alguien grandioso o invulnerable, sino que puede ser cualquier persona, la cual siente una llamada a adentrarse en un territorio nuevo, un territorio desconocido que a pesar de no controlar el entorno da un paso adelante, durante el viaje va encontrándose con sus ayudas y sus sombras, descubre cosas de si mismo que le ayudan a transformarse y cuando vuelve es más quien es ,que quien creía que era.
Esta travesía por el desierto también nos lo muestran personajes históricos como Moisés en el Sinaí, Jesús en sus 40 días en el desierto, Mahoma en su retiro en el monte Hita, Buda en su viaje, etc., todos tienes tres elementos en común durante todas estas travesías, un tiempo (viaje, retiro, etc.) de soledad para escucharse uno mismo, durante el cual obtienen una revelación, y cuando regresan traen consigo un mensaje, el cual guiara sus vidas para siempre y se convertirá en su vocación. Si miramos con detenimiento los tres elementos podemos ver el significado de cada uno de ellos:
1. Soledad, etimológicamente es poner sol a la edad, es decir claridad al ser, tiempo de escucharse.
2. Revelación, proviene de la palabra latina re-velare, cuyo significado es quitar el velo que oculta algo, lo que equivale a “descubrir”.
3. Vocación, que significa voz (interior) en acción
Todo esto me sirve para ilustrar lo que explico a continuación, y es que hay una etapa en la vida en la que una persona de confronta a si mismo, confronta su identidad a su ser, se sitúa frecuentemente en la etapa de los 28 a los 42 años aunque no tiene porque ser así, depende del vivir de la persona y su nivel de consciencia (su darse cuenta y su estar presente). En esta etapa nos enfrentamos al principal miedo, el miedo a perder, a perder la posibilidad de …, dejar de ser joven, de ser madre, de perder la vida junto a la persona que tengo al lado -ya no nos queremos como antes-, de cambiar la profesión por la vocación, etc.
Hasta esta etapa estábamos más centrados en la ambición y en la afirmación de temo ser y el pretendo ser, cuando surge el punto de inflexión y decidimos escucharnos, se inicia este viaje, pasamos del ciclo de la Ambición al del Significado, hay una palabra ahora para definir este hecho, se llama Ego-Shock seria un salir del armario de uno mismo, poner congruencia en el ¿para que? ¿Que? y el ¿Cómo? de la vida de uno mismo, la atención esta ahora hacia adentro para aceptar todas las partes de uno mismo y actuar en consecuencia.
Por el contrario si decidimos no escuchar seguiremos en la actitud del tener y del hacer, de seguir llevando una vida que no es la de uno, de seguir viviendo dentro de la rutina diaria buscando escapar con actividades superfluas o con la diversión, y no digo que la diversión este mal, todo la contrario divertirse viene del latín “divertere” que significa apartar ó alejarse, y es muy sano alejarse de según que cosas, pero no de uno mismo, el no escucharse y acallar la voz de uno mismo, hay tres pecados, por así decirlo que le sentí una vez a Joan Garriga que refleja lo que uno da a la vida de si mismo, son los siguientes:
Para acabar lo hare con una cita de la que no recuerdo su autor pero si la de su impacto.
“el silencio que Dios fecunda, no es el del que esta callado sino el del que escucha”
Hay una figura mítica que aparece en todos los pueblos y las culturas del mundo y es la figura del héroe. Los mitos nos explican e ilustran el mundo, mediante la narración de sucesos maravillosos y ejemplares, de los cuales se pueden extraer una sabiduría intrínseca de cada relato y de cada figura arquetípica.
En Camino del Héroe, el héroe no es alguien grandioso o invulnerable, sino que puede ser cualquier persona, la cual siente una llamada a adentrarse en un territorio nuevo, un territorio desconocido que a pesar de no controlar el entorno da un paso adelante, durante el viaje va encontrándose con sus ayudas y sus sombras, descubre cosas de si mismo que le ayudan a transformarse y cuando vuelve es más quien es ,que quien creía que era.
Esta travesía por el desierto también nos lo muestran personajes históricos como Moisés en el Sinaí, Jesús en sus 40 días en el desierto, Mahoma en su retiro en el monte Hita, Buda en su viaje, etc., todos tienes tres elementos en común durante todas estas travesías, un tiempo (viaje, retiro, etc.) de soledad para escucharse uno mismo, durante el cual obtienen una revelación, y cuando regresan traen consigo un mensaje, el cual guiara sus vidas para siempre y se convertirá en su vocación. Si miramos con detenimiento los tres elementos podemos ver el significado de cada uno de ellos:
1. Soledad, etimológicamente es poner sol a la edad, es decir claridad al ser, tiempo de escucharse.
2. Revelación, proviene de la palabra latina re-velare, cuyo significado es quitar el velo que oculta algo, lo que equivale a “descubrir”.
3. Vocación, que significa voz (interior) en acción
Todo esto me sirve para ilustrar lo que explico a continuación, y es que hay una etapa en la vida en la que una persona de confronta a si mismo, confronta su identidad a su ser, se sitúa frecuentemente en la etapa de los 28 a los 42 años aunque no tiene porque ser así, depende del vivir de la persona y su nivel de consciencia (su darse cuenta y su estar presente). En esta etapa nos enfrentamos al principal miedo, el miedo a perder, a perder la posibilidad de …, dejar de ser joven, de ser madre, de perder la vida junto a la persona que tengo al lado -ya no nos queremos como antes-, de cambiar la profesión por la vocación, etc.
Hasta esta etapa estábamos más centrados en la ambición y en la afirmación de temo ser y el pretendo ser, cuando surge el punto de inflexión y decidimos escucharnos, se inicia este viaje, pasamos del ciclo de la Ambición al del Significado, hay una palabra ahora para definir este hecho, se llama Ego-Shock seria un salir del armario de uno mismo, poner congruencia en el ¿para que? ¿Que? y el ¿Cómo? de la vida de uno mismo, la atención esta ahora hacia adentro para aceptar todas las partes de uno mismo y actuar en consecuencia.
Por el contrario si decidimos no escuchar seguiremos en la actitud del tener y del hacer, de seguir llevando una vida que no es la de uno, de seguir viviendo dentro de la rutina diaria buscando escapar con actividades superfluas o con la diversión, y no digo que la diversión este mal, todo la contrario divertirse viene del latín “divertere” que significa apartar ó alejarse, y es muy sano alejarse de según que cosas, pero no de uno mismo, el no escucharse y acallar la voz de uno mismo, hay tres pecados, por así decirlo que le sentí una vez a Joan Garriga que refleja lo que uno da a la vida de si mismo, son los siguientes:
- Dar a la Vida, lo que uno no tiene.
- No dar a la Vida, lo que si se tiene.
- Y no tomarse un tiempo para saber lo que si se puede dar y lo que no.
Para acabar lo hare con una cita de la que no recuerdo su autor pero si la de su impacto.
“el silencio que Dios fecunda, no es el del que esta callado sino el del que escucha”
domingo, 27 de noviembre de 2011
"La mujer interior"
Zulma Reyo, pedagoga de la feminidad
"La peor enemiga de una mujer es otra mujer"
25/11/2011 - 00:00
Foto: Laura Guerrero
"La mujer interior"
La encarnación de los principios de la feminidad. Las mujeres la llevamos dentro, pero solemos amordazarla.
¿Por qué hacen eso?
Porque hemos creído que debíamos emular los valores de la masculinidad: la agresividad, la jerarquía, la competitividad... Así es la mujer exterior actual.
¿La mujer interior no es competitiva?
La mujer interior es cooperativa, solidaria. ¡Deberíamos aprender a desplegarla!
Mientras, ¿qué hace la mujer exterior?
Ser enemiga de la mujer. El peor enemigo de una mujer es otra mujer.
¿En qué sentido?
¡Ay, si pudieras leer las mentes de un grupo de mujeres reunidas! ¡Te asustarías! "Vaya peinado se ha hecho esta". "Qué horror de vestido". "Está gorda, o flaca, o fea, o demasiado maquillada, o demasiado poco...".
¿Sí?
Las mujeres ven como rivales a las demás mujeres, son celosas, competitivas, se zancadillean. ¡Valores copiados del hombre! Y esto tiene que cambiar, va a cambiar, ¡lo noto!
¿Y qué pasará entonces?
Se abrirá paso la mujer interior, la esencia femenina, su modo de percibir el mundo.
¿Cómo ve el mundo lo femenino?
Somos receptáculo, cáliz, vaso, somos hueco, un vacío: absorbemos el entorno de modo transverbal, recibimos todo, abrazamos los opuestos, lo procesamos y captamos todo. ¡Las mujeres somos brujas!
No malinterpretaré esto último.
El modo femenino de percibir el mundo es redondo. "Complicado", dirá el hombre...
¿Hombre y mujer ven el mundo de modo tan diferente?
¡Somos diferentes! Este mundo en que vivimos es sobre todo obra de lo masculino, creación masculina. Le falta feminidad.
¿Y en qué consiste lo masculino?
En hacer un mecano, en construir el puzle del mundo. En medirlo todo cuantitativamente, con dinero... Ve a la mujer como propiedad, posesión explotable, objeto sexual...
Discúlpeme, no siempre es así...
Del mismo modo digo que muchas mujeres utilizan su sexo... para conseguir cosas. La mujer no ha aceptado su vacío como un modo de estar, lo siente como carencia, e intenta llenarlo con cosas, con entregas, regalos: "¡Dime que me quieres!", reclama ella.
¿Es un error?
Sí. Una mujer sola se siente fracasada, desgraciada. "No soy nada", cree. Y son otras mujeres las más criticonas con ella. ¡Basta!
Ya: la mujer completa tiene a su maridito, sus hijos, su piso, sus cosas...
Y su hombre-felpudo, al que manipula. ¡Pobrecitos hombres! Tengo que compadecerlos: se topan con mujeres que usan el sexo para sentirse queridas. Y que, claro, nunca nunca se sentirán lo bastante queridas...
¿Por qué no?
Porque es imposible: nunca un hombre será capaz de satisfacer en una mujer esa insaciable necesidad de correspondencia.
¡Es bueno saberlo!
La mujer interior, en cambio, se sabe madre de toda la creación, mira a todos como hijos... y no necesita más.
¿Cómo restaurar a la mujer interior?
Mediante grupos de mujeres que dejen de rivalizar y practiquen el apoyo mutuo.
¿Y qué hay de la vida sexual?
Que aprenda a vivirla con conciencia, no como medio de conseguir cosas, llenar vacíos, encubrir razones ocultas, ¡o se hará daño!
Y la sexualidad del hombre, ¿qué?
El hombre crece obseso con sus genitales, hace de su genitalidad una identidad. Pobrecitos, os compadezco: ¡os exigís tanto!
Ya.
Ahora culmina un ciclo histórico masculino y se abre otro más femenino. La mujer debe entender su vacío como apertura para acogerlo todo, ¡incluido al hombre! Ella genera el espacio. Y el hombre debe honrarlo. Pero ahí el hombre debe estar atento a algo...
¿A qué?
A honrar a la mujer ¡sin reblandecerse por ello más de la cuenta! A la mujer, a la esencia femenina, le atrae el hombre resuelto, líder. ¡No nos gusta el hombre blandengue!
A ver, aclarémoslo: ¿la mujer quiere un hombre respetuoso, dominador o qué?
Un hombre masculino y sexual, pero sin que la use ni le mande. No guerra de sexos: ¡respeto a las polaridades! Que ella acoja, que él haga, y que ninguno aplaste al otro.
Ya veo: un lío.
Al hombre le cuesta concebir el vacío de la mujer. Y la mujer no debe querer ser máquina masculina. Total: que la mujer deje de manipular, que el hombre deje de explotar.
Si pudiese ser hombre, ¿cómo sería?
¡Siempre he estado encantada de ser mujer! Es que ser hombre es duro...
Yo, hombre, ¿tengo mujer interior?
No, no. Porque ni la suavidad es específicamente femenina, ni la fuerza es específicamente masculina.
¿Qué no debería decirle jamás un hombre a una mujer?
"No entiendes, no sabes qué dices, no digas tontadas, no tiene sentido".
¿Qué no debería decirle jamás una mujer a un hombre?
"Algo te pasa, cuéntame cómo te sientes".
¿Cómo pueden llegar a entenderse un hombre y una mujer?
¡Es imposible! Pero... hay que intentarlo. Puede conseguirse en el amor, cuando un hombre y una mujer se funden, son unidad.
Estrategias para llegar muy lejos en el deporte
Estrategias para llegar muy lejos en el deporte
Aunque las estrategias de motivación están de moda en el deporte, desde hace años se utilizan con éxito en las carreras de ultrafondo (desde 50 hasta 100 kilómetros corriendo) y en los triatlones. He aquí algunas de las más conocidas:
Echarse una mano imaginaria El triatleta Scott Tinley, dos veces ganador del Ironman de Hawái, cuando participaba en carreras de natación de resistencia acostumbraba a imaginarse que tenía algo acoplado a su cabeza que tiraba de él. También Frank Shorter, atleta norteamericano que ganó la maratón en los Juegos Olímpicos de Munich del año 1972, imaginaba que llevaba una cuerda alrededor de la cintura que tiraba de él continuamente o que sus piernas eran como ruedas de bicicletas para así conseguir un ritmo constante.
Fabricarse victoriasparciales Algunos deportistas que han de cubrir largas distancias, se motivan con pequeñas metas parciales que les acercan al objetivo final. “Por ejemplo, si se trata de completar 50 kilómetros corriendo, una buena táctica psicológica es subdividir la distancia total en cinco tramos de diez kilómetros y concentrarse en cada uno de ellos en cosas distintas (en el primer tramo en la técnica, en el segundo en la respiración, etcétera)”, explica Patricia Ramírez.
Visualizar mentalmentela victoria Según ha explicado en alguna ocasión Jorge Valdano, soñar sobre cómo transcurrirá el partido y prever las posibles contingencias, ayuda a estar más preparado el día de la verdad. Esa misma estrategia puede aplicarse a cualquier competición o prueba y soñar, por ejemplo, con la carrera perfecta y de qué forma se reaccionará cuando surja el cansancio, se tenga una rampa, etcétera.
Recitar un mantra A juicio de Zoraida Rodríguez y Patricia Ramírez, ambas psicólogas deportivas, suele dar bastante buen resultado prepararse una frase con la que exorcizar los malos pensamientos que inevitablemente aparecen en las pruebas que implican un gran desgaste físico y psicológico. Algunos ejemplos de frases motivadoras para momentos complicados son: “¡Un poco más!”, “¡Tira!”, “¡Voy a darlo todo!”, “¡Es mi momento!”, “¡Basta de dolor!”, “¡Yo puedo!”.
Parar de golpe el pesimismo Para evitar que el cerebro boicotee el gran esfuerzo físico que se lleva a cabo, algunos atletas norteamericanos se colocan una goma elástica en la muñeca, tiran de ella y sueltan, mientras dicen “¡basta!”. En este caso, la clave es tener tolerancia cero (por explicarlo con un argot muy de allí...) con los pensamientos negativos.
Darse premios Se trata de una táctica muy habitual. Consiste en concederse un pequeño premio después de lograr algo, por ejemplo, dejar atrás el kilómetro doce o llegar hasta el gran pino que se observa al fondo. Ese algo puede ser un pequeño mordisco a una barrita energética, un sorbo de agua o ponerse una canción especial en el MP3 con la que celebrar lo conseguido hasta ese momento.
Disociarse Más que separarse en dos mitades, esta técnica consiste en evadirse y transportar a la mente hasta un lugar distinto al que se está para que se distraiga de la tarea que la ocupa y pueda recrearse en algo placentero. Pensar en los seres queridos suele dar buen resultado.
Conectar cuerpo y mente Convencer al cuerpo de que es posible conseguir un objetivo es la estrategia más eficaz que existe. En caso contrario, el peaje suele ser elevado: según explican los psicólogos deportivos, las personas que deciden abandonar a mitad del recorrido son mucho más proclives a hacerlo en el futuro, en tanto el cerebro se acostumbra a reclamar esa posibilidad.
Aunque las estrategias de motivación están de moda en el deporte, desde hace años se utilizan con éxito en las carreras de ultrafondo (desde 50 hasta 100 kilómetros corriendo) y en los triatlones. He aquí algunas de las más conocidas:
Echarse una mano imaginaria El triatleta Scott Tinley, dos veces ganador del Ironman de Hawái, cuando participaba en carreras de natación de resistencia acostumbraba a imaginarse que tenía algo acoplado a su cabeza que tiraba de él. También Frank Shorter, atleta norteamericano que ganó la maratón en los Juegos Olímpicos de Munich del año 1972, imaginaba que llevaba una cuerda alrededor de la cintura que tiraba de él continuamente o que sus piernas eran como ruedas de bicicletas para así conseguir un ritmo constante.
Fabricarse victoriasparciales Algunos deportistas que han de cubrir largas distancias, se motivan con pequeñas metas parciales que les acercan al objetivo final. “Por ejemplo, si se trata de completar 50 kilómetros corriendo, una buena táctica psicológica es subdividir la distancia total en cinco tramos de diez kilómetros y concentrarse en cada uno de ellos en cosas distintas (en el primer tramo en la técnica, en el segundo en la respiración, etcétera)”, explica Patricia Ramírez.
Visualizar mentalmentela victoria Según ha explicado en alguna ocasión Jorge Valdano, soñar sobre cómo transcurrirá el partido y prever las posibles contingencias, ayuda a estar más preparado el día de la verdad. Esa misma estrategia puede aplicarse a cualquier competición o prueba y soñar, por ejemplo, con la carrera perfecta y de qué forma se reaccionará cuando surja el cansancio, se tenga una rampa, etcétera.
Recitar un mantra A juicio de Zoraida Rodríguez y Patricia Ramírez, ambas psicólogas deportivas, suele dar bastante buen resultado prepararse una frase con la que exorcizar los malos pensamientos que inevitablemente aparecen en las pruebas que implican un gran desgaste físico y psicológico. Algunos ejemplos de frases motivadoras para momentos complicados son: “¡Un poco más!”, “¡Tira!”, “¡Voy a darlo todo!”, “¡Es mi momento!”, “¡Basta de dolor!”, “¡Yo puedo!”.
Parar de golpe el pesimismo Para evitar que el cerebro boicotee el gran esfuerzo físico que se lleva a cabo, algunos atletas norteamericanos se colocan una goma elástica en la muñeca, tiran de ella y sueltan, mientras dicen “¡basta!”. En este caso, la clave es tener tolerancia cero (por explicarlo con un argot muy de allí...) con los pensamientos negativos.
Darse premios Se trata de una táctica muy habitual. Consiste en concederse un pequeño premio después de lograr algo, por ejemplo, dejar atrás el kilómetro doce o llegar hasta el gran pino que se observa al fondo. Ese algo puede ser un pequeño mordisco a una barrita energética, un sorbo de agua o ponerse una canción especial en el MP3 con la que celebrar lo conseguido hasta ese momento.
Disociarse Más que separarse en dos mitades, esta técnica consiste en evadirse y transportar a la mente hasta un lugar distinto al que se está para que se distraiga de la tarea que la ocupa y pueda recrearse en algo placentero. Pensar en los seres queridos suele dar buen resultado.
Conectar cuerpo y mente Convencer al cuerpo de que es posible conseguir un objetivo es la estrategia más eficaz que existe. En caso contrario, el peaje suele ser elevado: según explican los psicólogos deportivos, las personas que deciden abandonar a mitad del recorrido son mucho más proclives a hacerlo en el futuro, en tanto el cerebro se acostumbra a reclamar esa posibilidad.
El arte de la motivación
El arte de la motivación
La crisis económica está popularizando algunas estrategias de motivación a las que hasta ahora recurrían triatletas y maratonianos para no desfallecer. El fundamento es el mismo: la clave para conseguir un objetivo (desde dejar de fumar, hasta encontrar trabajo) es pensar que al menos es posible
“Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, tienes razón”, dijo Henry Ford, el inventor de las cadenas de montaje y del Ford T, un vehículo que revolucionó el mercado en 1908 y que tenía el volante a la izquierda, algo que otras compañías automovilísticas copiaron muy pronto. Sin embargo, Ford estaba convencido de que era mucho mejor confiar en uno mismo, especialmente cuando nadie lo hacía, y no digamos ya si se había nacido en una granja perdida de Dearborn (un pueblo rural al oeste de Detroit) y se había recibido una educación bastante pobre.
En la actualidad, cuando el mundo está inmerso en una de las mayores crisis económicas que se recuerdan, reforzar la autoestima y motivarse se ha convertido para muchas personas en el último clavo al que agarrarse para no caer en la desesperación. Motivarse, por ejemplo, para buscar trabajo en un país donde el número de parados no para de crecer; motivarse, para seguir trabajando con entusiasmo y espíritu positivo, con independencia de que los clientes se batan en retirada o que la administración pública sea cada vez más morosa; motivarse, en definitiva, para conseguir adelgazar, dejar de fumar, terminar una maratón o cualquier otra cosa que alegre la vida.
Tal vez por ello, el pensamiento positivo con su brazo armado, la motivación, arrasa en las listas de superventas, pero también en la política, en la biología, en el marketing y en el fútbol. Si Barack Obama pasará a la historia por su “Yes, we can”, desde la biología celular se apunta que “lo que pensamos varía nuestra biología”, por emplear las mismas palabras que utiliza Bruce Lipton, un investigador que ha alcanzado cierta notoriedad tras descubrir que los pensamientos repercuten en las células del cuerpo, por lo que modificando las creencias es posible cambiar de vida (para mejor o para peor…), tesis que este investigador nacido en Nueva Zelanda desarrolla en La biología de la creencia (editorial Palmyra).
También Joaquín Lorente, creador de marcas como Dodot, Osborne, Central Lechera Asturiana o Evax, triunfa con el libro Tú puedes (Planeta), donde explora las posibilidades del llamado neuromarketing y en el que sostiene que la solución a cualquier problema está en el interior de uno mismo. Un título (Tú puedes) que recuerda al eslogan que repetía machaconamente la Cuatro (“¡Podemos!”) antes de que se disputara la Eurocopa de fútbol que acabó ganando la selección española en el 2008.
Sin embargo, donde más jurisprudencia acumulada existe sobre el resultado de estas técnicas de motivación es en el deporte. Baste recordar que el coaching aparece formalmente en 1975 cuando Tim Gallwey escribe El juego interior del tenis, donde viene a decir que el partido más importante se disputa en la cabeza del tenista. En la entrevista que le hizo en La Vanguardia el 2002 Víctor M. Amela a sir John Whitmore, un automovilista profesional que en la década de los sesenta competía con el equipo Ford en Le Mans y que acabó asociándose con el propio Gallwey para crear Inner Game Ltd, este británico definía así el coaching: “Consiste en ayudar a alguien a pensar por sí mismo, a encontrar sus respuestas, a descubrir dentro de sí su potencial, su camino al éxito... sea en los negocios, en las relaciones personales, en el deporte, en el trabajo...”.
El caso del fútbol es paradigmático. En su día Quique Sánchez Flores puso a la plantilla del Atlético de Madrid un discurso de Al Pacino (“Estamos en el infierno, caballeros. Creedme. Podemos quedarnos aquí y que nos den una paliza, o bien podemos luchar y abrirnos paso de nuevo hacia la luz”), mientras que Luis García vendó los ojos a los jugadores del Levante UD y les pidió que saltaran de uno en uno desde un pequeño muro al vacío, de espaldas, con la confianza ciega de que el resto del equipo les iban a sujetar. Incluso Luis Aragonés recurrió a un psicovídeo el día antes de ganar la Eurocopa, basado en una canción que Sergio Ramos pinchaba en el autobús. También Vicente del Bosque ha reconocido en alguna ocasión que, en vísperas del partido contra Holanda (en el que la selección española se proclamó campeona del mundo), tenía preparado un vídeo que recogía imágenes de los forcados portugueses con el que pretendía reforzar la unidad del grupo aunque, finalmente, no hizo falta que los jugadores vieran cómo se las ingenian los mozos lusos para proteger a un compañero cuando cae al suelo y el toro se dispone a embestir (normalmente, el grupo consta de ocho hombres, uno de ellos es el forcado de cara y los otros siete son ayudas que colaboran para inmovilizar al astado). Por lo que respecta a Guardiola, para fomentar el compañerismo entre su plantilla y animar a sus futbolistas después de una mala racha de juego, proyectó un documental del rescate del alpinista Iñaki Ochoa. Asimismo, justo antes de que el FC Barcelona conquistara su tercera Copa de Europa en Roma, acortó el calentamiento y cambió la charla previa al partido por un vídeo donde se narraban las andanzas del general romano Maximus Decimus que, traicionado por el ambicioso hijo del emperador, se convierte en gladiador y llega a desafiarle en el Coliseo romano. El vídeo que puso Guardiola a los suyos recogía caras de gladiadores dispuestos a morir por su honor y las intercalaba con acciones de todos y cada uno de los jugadores.
La sempiterna pregunta es: ¿realmente funcionan estas técnicas de motivación? “Funcionan”, responde Patricia Ramírez, psicóloga del Betis Balompié y de diversos ciclistas y maratonianos de élite. “Las expectativas condicionan la forma de comportarse y esto es extrapolable a cualquier faceta de la vida diaria. Aquellos que piensan que es posible conseguir un objetivo, invierten más esfuerzo en lograrlo”, argumenta esta psicóloga, después de precisar que estas estrategias de motivación son un antídoto para que la mente no boicotee las labores más duras que se le encomiendan. De hecho, la propia Ramírez emplea asiduamente estas tácticas con los equipos con los que trabaja, al parecer con excelente resultado: con ellas, el Club Baloncesto Granada consiguió ascender a la ACB, mientras que el RCD Mallorca (el anterior equipo al que asesoró) se clasificó para la UEFA, aunque luego no pudo disputar esta competición por motivos económicos. “Recuerdo –dice– que antes de enfrentarnos al Athletic de Bilbao les puse a los jugadores del Mallorca una canción de Serrat cuya letra dice: ‘De vez en cuando la vida nos besa en la boca’. No sólo ganamos, sino que muchos jugadores reconocieron que les había ayudado mucho”.
“La motivación es la fuerza interior que predispone y arrastra hacia un objetivo. Básicamente se trata de entrenar al cerebro para que no se cuele ningún pensamiento negativo”, explica esta psicóloga que está escribiendo un libro sobre una serie de valores del deporte de alto rendimiento que se pueden aplicar a la vida diaria (a saber: disciplina, afán de superación, espíritu de sacrificio, etcétera.) Es decir, cuando alguien se enfrenta a un desafío, como puede ser completar una maratón, concluir con éxito una dieta de adelgazamiento, dejar de fumar o encontrar trabajo, la clave es que la emoción sea mayor que el esfuerzo que requiere, para sacar fuerzas de flaqueza en los momentos de máxima debilidad. Una idea que recoge el Diccionario de la Real Academia Española al definir el término motivación: “Ensayo mental preparatorio de una acción para animar o animarse a ejecutarla con interés y diligencia”.
Siguiente pregunta: ¿las estrategias de motivación se diferencian del efecto placebo? Siraj Bechich, médico internista del Centro Internacional de Medicina Avanzada (CIMA), opina que son como el día y la noche, en tanto el placebo consiste en conferir poder a algo externo (“a una pócima mágica”, dice), mientras que las técnicas de motivación son todo lo contrario, “dado que el poder está en el interior de uno mismo, aunque el efecto en algún caso pueda ser similar”.
Es interesante conocer también la opinión de Siraj Bechich, en tanto que a su condición de médico une la de coach, hasta el punto de ser decano y profesor de la escuela de coaching Coachsi. “Fisiológicamente –señala Bechich–, los pacientes que están motivados obtienen un porcentaje de éxito muy superior a los que están desmotivados cuando se trata de adherirse a un plan de ejercicio físico, dejar de fumar o perder peso”. Un poco después, reflexiona en voz alta sobre por qué estas técnicas de motivación tienen tanto éxito en periodos de crisis. “En los momentos complicados, salen a relucir los dos grandes comportamientos humanos. De un lado están quienes se quedan inmovilizados en la cueva. Y de otro, los que se motivan para salir a luchar y se dicen: aquí estoy yo dispuesto a sobrevivir y a crecer delante de este reto”, ejemplifica. “La idea subyacente –concluye este experto– es que una persona es la que mejor se conoce a sí misma y la que tiene todos los recursos interiores para hallar la solución a los retos que la vida le va planteando”. Aunque no lo dice con esas mismas palabras, Juan Carlos Cubeiro está básicamente de acuerdo. Coautor, junto con Leonor Gallardo, de Liderazgo Guardiola (libro que va por la séptima edición y que ha sido traducido al portugués y al japonés), El Mundial de la Roja y Liderazgo, empresa y deporte, este profesor de Esade y de la Universidad de Deusto ha asesorado como consultor a más del 80% de las 500 mayores empresas españolas (ha leído bien). Su primera frase es lapidaria: “Cuando no te puede ayudar nadie, sólo te puedes ayudar a ti mismo”.
“Estas estrategias de motivación –prosigue– funcionan en las personas que quieren que funcionen. Por ejemplo, si Rafa Nadal se autoconvence de que no puede derrotar a Novak Djokovic, cada vez que salte a la pista tendrá un handicap muy importante. Y también al contrario: si piensa que puede vencerlo, dará un paso adelante”, explica Cubeiro desde el AVE que ha de llevarle a Valencia. Una tesis que desarrolla en profundidad el periodista John Carlin en Rafa, mi historia (Ed. Indicios) al afirmar que lo que marca la diferencia entre los 500 primeros clasificados de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) no es la velocidad o la técnica, sino la fortaleza mental con la que los tenistas afrontan los partidos.
“En la final de Copa que disputaron el Athletic de Bilbao y el Betis en 1977 –cuenta a modo de anécdota Cubeiro–, Ángel María Villar, entonces jugador de los leones, estaba convencido de que si tenía que tirar un penalti lo iba a fallar. Y así fue: lo paró Esnaola y el Betis se proclamó campeón”. Igualmente, según recogió la prensa de la época, justo antes de que comenzara la tanda decisiva, Koldo Aguirre, técnico del Bilbao, se acercó a Rafa Iriondo, entrenador del Betis en aquella final, y le dijo: “Con la suerte que tienes, seguro que la Copa es para vosotros”. Y eso fue justo lo que ocurrió…
He aquí la moraleja: para poder hay que creer y pensar que lo que se quiere conseguir (sea lo que sea) es técnicamente posible, básicamente, porque el reino de las posibilidades está en el interior de cada persona. Una vez se asume esta filosofía de vida, la cuestión “es clarificar el objetivo y pasar a la acción, poniendo el rumbo correcto, de tal modo que un primer paso lleve a un segundo”, sostiene Cubeiro. Por lo demás, el autor de Los mosqueteros de Guardiola, su próximo libro, señala que, al margen de las notables diferencias que hay entre la personalidad y el modo de hacer de José Mourinho y de Josep Guardiola, “ambos utilizan estrategias mentales muy vanguardistas, como entrenar por espacio de 90 minutos para que la preparación se corresponda con lo que ocurrirá el día de la verdad en el terreno de juego. También analizan las emociones para tratar de no caer en la euforia o en la disforia (como se llama a las emociones desagradables)”.
Así las cosas, y parafraseando a Siraj Bechich, el mundo se divide entre dos tipos de lectores. Por una parte, están las miles de personas anónimas que han sido capaces de completar una maratón o cualquier otro desafío que implique una cierta exigencia física o psicológica. Todos ellos saben que las estrategias de motivación funcionan, porque lo han experimentado en sus propias carnes. También son conscientes de que llega un momento en que se corre más con el corazón que con las piernas. De ello han extraído una lección muy valiosa para su vida diaria: muchos objetivos que en teoría parecen imposibles de alcanzar (por ejemplo, completar un triatlón, dejar de fumar o conquistar al hombre o a la mujer amados), en la práctica pueden conseguirse si la persona en cuestión pone todo de su parte, e incluso un poco más.
El segundo grupo de lectores encuadra a los escépticos y pesimistas. Su mayor problema, en realidad, no tiene que ver con el deporte, sino con guiarse excesivamente por el cerebro y caer en la inactividad cada vez que la situación no acompaña, cuando el único camino posible para salir adelante es recobrar la confianza en uno mismo y pensar que el primer paso para que algo sea posible es llegar a proponérselo de verdad…
Antonio Ortí -La Vanguardia
La crisis económica está popularizando algunas estrategias de motivación a las que hasta ahora recurrían triatletas y maratonianos para no desfallecer. El fundamento es el mismo: la clave para conseguir un objetivo (desde dejar de fumar, hasta encontrar trabajo) es pensar que al menos es posible
“Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, tienes razón”, dijo Henry Ford, el inventor de las cadenas de montaje y del Ford T, un vehículo que revolucionó el mercado en 1908 y que tenía el volante a la izquierda, algo que otras compañías automovilísticas copiaron muy pronto. Sin embargo, Ford estaba convencido de que era mucho mejor confiar en uno mismo, especialmente cuando nadie lo hacía, y no digamos ya si se había nacido en una granja perdida de Dearborn (un pueblo rural al oeste de Detroit) y se había recibido una educación bastante pobre.
En la actualidad, cuando el mundo está inmerso en una de las mayores crisis económicas que se recuerdan, reforzar la autoestima y motivarse se ha convertido para muchas personas en el último clavo al que agarrarse para no caer en la desesperación. Motivarse, por ejemplo, para buscar trabajo en un país donde el número de parados no para de crecer; motivarse, para seguir trabajando con entusiasmo y espíritu positivo, con independencia de que los clientes se batan en retirada o que la administración pública sea cada vez más morosa; motivarse, en definitiva, para conseguir adelgazar, dejar de fumar, terminar una maratón o cualquier otra cosa que alegre la vida.
Tal vez por ello, el pensamiento positivo con su brazo armado, la motivación, arrasa en las listas de superventas, pero también en la política, en la biología, en el marketing y en el fútbol. Si Barack Obama pasará a la historia por su “Yes, we can”, desde la biología celular se apunta que “lo que pensamos varía nuestra biología”, por emplear las mismas palabras que utiliza Bruce Lipton, un investigador que ha alcanzado cierta notoriedad tras descubrir que los pensamientos repercuten en las células del cuerpo, por lo que modificando las creencias es posible cambiar de vida (para mejor o para peor…), tesis que este investigador nacido en Nueva Zelanda desarrolla en La biología de la creencia (editorial Palmyra).
También Joaquín Lorente, creador de marcas como Dodot, Osborne, Central Lechera Asturiana o Evax, triunfa con el libro Tú puedes (Planeta), donde explora las posibilidades del llamado neuromarketing y en el que sostiene que la solución a cualquier problema está en el interior de uno mismo. Un título (Tú puedes) que recuerda al eslogan que repetía machaconamente la Cuatro (“¡Podemos!”) antes de que se disputara la Eurocopa de fútbol que acabó ganando la selección española en el 2008.
Sin embargo, donde más jurisprudencia acumulada existe sobre el resultado de estas técnicas de motivación es en el deporte. Baste recordar que el coaching aparece formalmente en 1975 cuando Tim Gallwey escribe El juego interior del tenis, donde viene a decir que el partido más importante se disputa en la cabeza del tenista. En la entrevista que le hizo en La Vanguardia el 2002 Víctor M. Amela a sir John Whitmore, un automovilista profesional que en la década de los sesenta competía con el equipo Ford en Le Mans y que acabó asociándose con el propio Gallwey para crear Inner Game Ltd, este británico definía así el coaching: “Consiste en ayudar a alguien a pensar por sí mismo, a encontrar sus respuestas, a descubrir dentro de sí su potencial, su camino al éxito... sea en los negocios, en las relaciones personales, en el deporte, en el trabajo...”.
El caso del fútbol es paradigmático. En su día Quique Sánchez Flores puso a la plantilla del Atlético de Madrid un discurso de Al Pacino (“Estamos en el infierno, caballeros. Creedme. Podemos quedarnos aquí y que nos den una paliza, o bien podemos luchar y abrirnos paso de nuevo hacia la luz”), mientras que Luis García vendó los ojos a los jugadores del Levante UD y les pidió que saltaran de uno en uno desde un pequeño muro al vacío, de espaldas, con la confianza ciega de que el resto del equipo les iban a sujetar. Incluso Luis Aragonés recurrió a un psicovídeo el día antes de ganar la Eurocopa, basado en una canción que Sergio Ramos pinchaba en el autobús. También Vicente del Bosque ha reconocido en alguna ocasión que, en vísperas del partido contra Holanda (en el que la selección española se proclamó campeona del mundo), tenía preparado un vídeo que recogía imágenes de los forcados portugueses con el que pretendía reforzar la unidad del grupo aunque, finalmente, no hizo falta que los jugadores vieran cómo se las ingenian los mozos lusos para proteger a un compañero cuando cae al suelo y el toro se dispone a embestir (normalmente, el grupo consta de ocho hombres, uno de ellos es el forcado de cara y los otros siete son ayudas que colaboran para inmovilizar al astado). Por lo que respecta a Guardiola, para fomentar el compañerismo entre su plantilla y animar a sus futbolistas después de una mala racha de juego, proyectó un documental del rescate del alpinista Iñaki Ochoa. Asimismo, justo antes de que el FC Barcelona conquistara su tercera Copa de Europa en Roma, acortó el calentamiento y cambió la charla previa al partido por un vídeo donde se narraban las andanzas del general romano Maximus Decimus que, traicionado por el ambicioso hijo del emperador, se convierte en gladiador y llega a desafiarle en el Coliseo romano. El vídeo que puso Guardiola a los suyos recogía caras de gladiadores dispuestos a morir por su honor y las intercalaba con acciones de todos y cada uno de los jugadores.
La sempiterna pregunta es: ¿realmente funcionan estas técnicas de motivación? “Funcionan”, responde Patricia Ramírez, psicóloga del Betis Balompié y de diversos ciclistas y maratonianos de élite. “Las expectativas condicionan la forma de comportarse y esto es extrapolable a cualquier faceta de la vida diaria. Aquellos que piensan que es posible conseguir un objetivo, invierten más esfuerzo en lograrlo”, argumenta esta psicóloga, después de precisar que estas estrategias de motivación son un antídoto para que la mente no boicotee las labores más duras que se le encomiendan. De hecho, la propia Ramírez emplea asiduamente estas tácticas con los equipos con los que trabaja, al parecer con excelente resultado: con ellas, el Club Baloncesto Granada consiguió ascender a la ACB, mientras que el RCD Mallorca (el anterior equipo al que asesoró) se clasificó para la UEFA, aunque luego no pudo disputar esta competición por motivos económicos. “Recuerdo –dice– que antes de enfrentarnos al Athletic de Bilbao les puse a los jugadores del Mallorca una canción de Serrat cuya letra dice: ‘De vez en cuando la vida nos besa en la boca’. No sólo ganamos, sino que muchos jugadores reconocieron que les había ayudado mucho”.
“La motivación es la fuerza interior que predispone y arrastra hacia un objetivo. Básicamente se trata de entrenar al cerebro para que no se cuele ningún pensamiento negativo”, explica esta psicóloga que está escribiendo un libro sobre una serie de valores del deporte de alto rendimiento que se pueden aplicar a la vida diaria (a saber: disciplina, afán de superación, espíritu de sacrificio, etcétera.) Es decir, cuando alguien se enfrenta a un desafío, como puede ser completar una maratón, concluir con éxito una dieta de adelgazamiento, dejar de fumar o encontrar trabajo, la clave es que la emoción sea mayor que el esfuerzo que requiere, para sacar fuerzas de flaqueza en los momentos de máxima debilidad. Una idea que recoge el Diccionario de la Real Academia Española al definir el término motivación: “Ensayo mental preparatorio de una acción para animar o animarse a ejecutarla con interés y diligencia”.
Siguiente pregunta: ¿las estrategias de motivación se diferencian del efecto placebo? Siraj Bechich, médico internista del Centro Internacional de Medicina Avanzada (CIMA), opina que son como el día y la noche, en tanto el placebo consiste en conferir poder a algo externo (“a una pócima mágica”, dice), mientras que las técnicas de motivación son todo lo contrario, “dado que el poder está en el interior de uno mismo, aunque el efecto en algún caso pueda ser similar”.
Es interesante conocer también la opinión de Siraj Bechich, en tanto que a su condición de médico une la de coach, hasta el punto de ser decano y profesor de la escuela de coaching Coachsi. “Fisiológicamente –señala Bechich–, los pacientes que están motivados obtienen un porcentaje de éxito muy superior a los que están desmotivados cuando se trata de adherirse a un plan de ejercicio físico, dejar de fumar o perder peso”. Un poco después, reflexiona en voz alta sobre por qué estas técnicas de motivación tienen tanto éxito en periodos de crisis. “En los momentos complicados, salen a relucir los dos grandes comportamientos humanos. De un lado están quienes se quedan inmovilizados en la cueva. Y de otro, los que se motivan para salir a luchar y se dicen: aquí estoy yo dispuesto a sobrevivir y a crecer delante de este reto”, ejemplifica. “La idea subyacente –concluye este experto– es que una persona es la que mejor se conoce a sí misma y la que tiene todos los recursos interiores para hallar la solución a los retos que la vida le va planteando”. Aunque no lo dice con esas mismas palabras, Juan Carlos Cubeiro está básicamente de acuerdo. Coautor, junto con Leonor Gallardo, de Liderazgo Guardiola (libro que va por la séptima edición y que ha sido traducido al portugués y al japonés), El Mundial de la Roja y Liderazgo, empresa y deporte, este profesor de Esade y de la Universidad de Deusto ha asesorado como consultor a más del 80% de las 500 mayores empresas españolas (ha leído bien). Su primera frase es lapidaria: “Cuando no te puede ayudar nadie, sólo te puedes ayudar a ti mismo”.
“Estas estrategias de motivación –prosigue– funcionan en las personas que quieren que funcionen. Por ejemplo, si Rafa Nadal se autoconvence de que no puede derrotar a Novak Djokovic, cada vez que salte a la pista tendrá un handicap muy importante. Y también al contrario: si piensa que puede vencerlo, dará un paso adelante”, explica Cubeiro desde el AVE que ha de llevarle a Valencia. Una tesis que desarrolla en profundidad el periodista John Carlin en Rafa, mi historia (Ed. Indicios) al afirmar que lo que marca la diferencia entre los 500 primeros clasificados de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) no es la velocidad o la técnica, sino la fortaleza mental con la que los tenistas afrontan los partidos.
“En la final de Copa que disputaron el Athletic de Bilbao y el Betis en 1977 –cuenta a modo de anécdota Cubeiro–, Ángel María Villar, entonces jugador de los leones, estaba convencido de que si tenía que tirar un penalti lo iba a fallar. Y así fue: lo paró Esnaola y el Betis se proclamó campeón”. Igualmente, según recogió la prensa de la época, justo antes de que comenzara la tanda decisiva, Koldo Aguirre, técnico del Bilbao, se acercó a Rafa Iriondo, entrenador del Betis en aquella final, y le dijo: “Con la suerte que tienes, seguro que la Copa es para vosotros”. Y eso fue justo lo que ocurrió…
He aquí la moraleja: para poder hay que creer y pensar que lo que se quiere conseguir (sea lo que sea) es técnicamente posible, básicamente, porque el reino de las posibilidades está en el interior de cada persona. Una vez se asume esta filosofía de vida, la cuestión “es clarificar el objetivo y pasar a la acción, poniendo el rumbo correcto, de tal modo que un primer paso lleve a un segundo”, sostiene Cubeiro. Por lo demás, el autor de Los mosqueteros de Guardiola, su próximo libro, señala que, al margen de las notables diferencias que hay entre la personalidad y el modo de hacer de José Mourinho y de Josep Guardiola, “ambos utilizan estrategias mentales muy vanguardistas, como entrenar por espacio de 90 minutos para que la preparación se corresponda con lo que ocurrirá el día de la verdad en el terreno de juego. También analizan las emociones para tratar de no caer en la euforia o en la disforia (como se llama a las emociones desagradables)”.
Así las cosas, y parafraseando a Siraj Bechich, el mundo se divide entre dos tipos de lectores. Por una parte, están las miles de personas anónimas que han sido capaces de completar una maratón o cualquier otro desafío que implique una cierta exigencia física o psicológica. Todos ellos saben que las estrategias de motivación funcionan, porque lo han experimentado en sus propias carnes. También son conscientes de que llega un momento en que se corre más con el corazón que con las piernas. De ello han extraído una lección muy valiosa para su vida diaria: muchos objetivos que en teoría parecen imposibles de alcanzar (por ejemplo, completar un triatlón, dejar de fumar o conquistar al hombre o a la mujer amados), en la práctica pueden conseguirse si la persona en cuestión pone todo de su parte, e incluso un poco más.
El segundo grupo de lectores encuadra a los escépticos y pesimistas. Su mayor problema, en realidad, no tiene que ver con el deporte, sino con guiarse excesivamente por el cerebro y caer en la inactividad cada vez que la situación no acompaña, cuando el único camino posible para salir adelante es recobrar la confianza en uno mismo y pensar que el primer paso para que algo sea posible es llegar a proponérselo de verdad…
Antonio Ortí -La Vanguardia
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